Por Heinrich Allers
Actualizaciones: 7.5.1999; 9.4.2006
Los 9 días que estaba en Pekín (del 25 de abril hasta el 4 de mayo de 1999) me movía sobre todo en taxi, también en bicicleta, a pie nada. Subí en una ocasión - acompañado de una colega nativa - tanto a dos tipos de autobuses urbanos como al metro; por falta de tiempo y por desconocer el idioma no intenté de conocer algo de la red de autobuses; la red del metro es tan rudimentaria para una ciudad de esta extensión que al menos a mí no me servía.
Las dimensiones de esta ciudad me parecían muy grandes. Se deberán a poca concentración de edificación en lo que se puede considerar su centro. Llama la atención y es gracioso que hasta en partes muy céntricas, saliendo pocos metros de la calle principal te encuentras como en un pueblo, entre casas de planta baja sólo; entendí que ese tipo de calles residenciales es típico para Pekín, y está descrito de alguna forma (no llegué a hacerme más experto en esta cuestión) por el concepto "hutong".
Se sabe de antemano que en China se escribe de otra forma. Pero en la práctica, viviéndolo, eso trae consigo consecuencias tremendas de desconocimiento de lo que se ve en la calle (¿es un eslogan contra la guerra en Yugoslavia o es una invitación a celebrar con alegría el 50. aniversario de la proclamación de la República Popular?, ¿es este edificio una residencia de estudiantes o una clínica de maternidad?, para dar dos ejemplos) y de desorientación. Se entiende nada y ni un mínimo de lo que se ve escrito en las calles, salvo raras excepciones de las cuales la más importante quizás es que en los rótulos con los nombres de las calles del sistema de las calles principales vienen ellos también en transliteración (en el llamado "Pinyin").
En resumen: esa ignorancia del idioma es de otra cualidad que en otros países. Aquí en China ante la carta de un restaurante te quedas sin saber qué comidas hay, no te sirve ni un diccionario ni mucho tiempo que dedicas a entender lo que dice la carta.
Yo personalmente lo tenía bastante fácil en este aspecto porque iba casi siempre acompañado por personas que sabían del idioma (aunque, dicho sea de paso para entender plenamente la situación frente el idioma: saber el idioma no tiene que decir necesariamente saber leerlo). Así no llegué a experimentar cómo se siente uno defendiéndose como turista y estando solo:
Quizás el billete para el tren habría podido conseguir a través de una agencia de viajes. Pero en la estación (la vieja principal, actualmente por dentro horriblemente deformada por obras) fácil que no habría encontrado el andén. A lo mejor encauzada la excursión en vías más preparadas para el turista extranjero te habrían expendido un billete de ida y vuelta. Pero así no; tuvimos, nada más llegar a la estación de destino, dirigirnos a taquilla para conseguir el boleto de regreso. Pero allá empieza el problema: ¿cómo puede saber uno, o enterarse, de que dicha taquilla se encuentra fuera del edificio no pequeño y bien espacioso de la estación?
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La excursión en tren a Tianjin (una hora y cuarto de viaje desde Pekín) ha sido la del primero de mayo, por lo que se veía por la cantidad de gente que se movía también para los chinos gran día de salir (curioso que gracias al hecho que 1 de mayo este año caía en sábado, el lunes siguiente no fue día laborable).
La vieja estación principal de Pekín (la nueva no me dio tiempo a conocer, por lástima) todavía sigue con mucha, mucha vida, y ha sido interesante de verla (a pesar de las ya mencionadas obras). Es una estación de un país grande en el cual el ferrocarril todavía es la columna vertebral del sistema de transporte a largas distancias; se lo ve reflejado en la cantidad de gente que llena la estación y la plaza delante de ella (hacía buen tiempo) así como también en lo que se deduce de los rostros de las personas que demuestran que China es un país multiétnico.
El viaje empezó con la aventura de llegar al andén. Se formó un tremendo embotellamiento en el punto de acceso al andén donde controlaban los billetes. Jamás en mi vida me vi tan apretado por todos los lados, y acercándose al punto decisivo del control parecía casi imposible pasar ileso por este punto neurálgico. Pero una vez pasado este estrecho: todo muy relajado y simpático. El tren iba completo, pero por el sistema de reservas no repleto. Personal ferroviario femenino y muy joven y simpático. Lo más gracioso es que cuando arranca el tren y sale de la estación, las ferroviarias, una por vagón, más o menos, se quedan muy fijas en la puerta, la mirada inmóvil hacia el andén, y saludan para fuera con el saludo de los militares.
Luego las mismas empleadas pasaban por los vagones vendiendo agua, café etc., y al llegar a la estación de destino también se dedicaban a la limpieza de los coches.
Tanto en la ida como en la vuelta el tren salía muy puntual, y salía de la estación y entraba en la del destino con mucha decisión, no como se lo conoce de otras administraciones ferroviarias, aminorando la marcha como para pensárselo; e iba rápido por todo el trayecto.
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Tianjin no es como cualquier otra ciudad de China. Aparte de que tampoco es ciudad pequeña (tiene por lo menos 5 millones de habitantes), ha sido al principio del siglo, cuando las grandes potencias de Europa hacían con China lo que querían, colonia de ellas, lo que se refleja en la arquitectura que todavía se puede observar: se encuentra casas con el estilo de los países que participaron en aquel entonces en las operaciones militares y de ocupación contra China.
Paseando por la ciudad, con el hambre creciente, encontrando el restaurante más grande (de varios pisos) muy invitador pero completo, dándose cuenta de que la así llamada "calle de comer" tampoco cumplía lo que prometía, se llegaba a un gran descampado lleno de gente que aparentemente celebraron la fiesta de mayo, bajo na música todo menos que de sensibilidad o armonía china, sino más bien propia de un campo de fútbol del oeste de Europa.
El tiempo quedaba corto: por tanto lo que había de ver así como también por lo que requería de pausa la comida al fin tomada en un local bastante modesto y difícilmente descriptible, pero con todo el sabor chino (imposible esta experiencia sin la compañía de mi colega de la biblioteca del Goethe-Institut de Pekín, que siendo alemana sí sabe bien defenderse en el idioma chino), no dio tiempo para ver ni la mezquita musulmana ni el templo confuciano que se encuentran un poco distantes del centro. Y encima, debido al atascón al cual se veía enfrentado el taxi en el viaje hacia la estación, sólo se llegaba al tren con dos segundos que faltaban para su partida gracias a una carrera de locos.
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Todavía hay ciclistas, y muchos, a pesar del aumento del tráfico de coches. Todavía las calles más grandes disponen de carriles para bicicletas que son calles en sí. De tal forma que el ciclista va muy bien - hasta que pasa por un cruce donde debe o continuar derecho o doblar.
Tampoco es cosa regalada seguir el viaje derecho, porque hay que estar siempre pendiente de coches que vienen de tu derecha y que doblan a la derecha, cosa permitida hasta cuando el semáforo les enseña el rojo.
Pero doblar a la izquierda es el modo de pasar por un cruce que más prudencia requiere, y más arte a la vez. Mi consigna era al principio juntarme a un conjunto de un número considerable de ciclistas para realizar tal maniobra, pensando que a uno sí un coche puede embestir, pero no a ocho a la vez.
Pero aprendiendo, aprendiendo - al final de todo un dia largo de recorrer a la capital china en bicicleta me atrevía a lanzarme a estas empresas incluso solo; lo que pasa es que hay que estar muy pendiente del momento cuando es conveniente y necesario de emprender la marcha diagonal sobre el cruce, con decisión y precaución a la vez.- No acepto de corazón estas reglas del tráfico, pero por necesidad tienes que aceptarlas o te quedas en casa, y tan equivocadas tampoco pueden estar, porque si fuesen de todo ineficaces, multitud de accidentados debería haber.
La gente ciclista va con calma, hay pocos que corren como locos. Muchos van bien vestidos, y de ellos algunas (y no pocas) mejor vestidas o incluso elegantes, con esas faldas largas y estrechas. Hablo de los que van en bicicletas normales, a la oficina o al comercio. Luego hay los que van en bicicletas o triciclos especiales, para transportar cargas encima de grandes plataformas o para transportar personas (en "rikschas").
Las bicicletas no parecen malas en su mayoría, pero sí carecen de luz. De tal forma que de noche hay que andar con cuidado, y más cuando se pasa por recintos de escaso o de ningún alumbrado.
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El muro chino era meta de excursión en otro día. Hay varios puntos muy cerca de Pekín donde se puede observar el muro; aquel día nos dirijimos en taxi no al punto más cercano, sino a otro punto un poco más lejos, pensando que había menos personal. Pero bueno, no faltaba de gente (ni de música que salía de altavoces montados en los árboles) ni al pie del cerro que coronaba la muralla, ni en la misma muralla con sus declives treméndamente inclinados, aunque escalonados, que por lo visto no cansaban a los visitantes tanto para ahuyentarlos.
Es impresionante tanto la obra en sí (aunque no hay que profundizar mucho en la memoria de las condiciones miserables e inhumanas bajo las cuales fue eregido) como también el panorama de montañas que se divisa desde arriba. Daba ganas de pasar todo el día arriba, llevándose lo que hacía falta de pan y vino o cerveza y de queso, pero llamó un concierto que hubo esta misma tarde en Pekín de obras del compositor coreano- alemán Isang Yun (secuestrado en alguna ocasión por el servicio secreto surcoreano de Alemania a Corea del Sur) presentado por una orquesta de Corea del Norte que después seguiría su viaje a Alemania.
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Nada más llegar a Pekín (por la mañana) fui invitado de ir al cine (por la tarde), dentro de un festival de cine organizado por estudiantes que se realizaba en un local ubicado en un recinto del ejército. Al entrar en este recinto hubo cierto problema, porque mientras que los jóvenes chinos entraban viajando en bicicleta libremente en el territorio militar, a los dos con pinta europea al principio se negaba la entrada; pero después de una consulta telefónica del soldado de guardia sí podíamos pasar.
Las películas completamente en chino. De la primera entendía bien poco, aunque la intérprete que acompañaba bien se esforzaba en dar explicaciones traduciendo algunas piezas.- La segunda película la entendía bien, porque hubo un hilo rojo al cual se podía seguir: un soldado que al salir del ejército puede llevarse consigo su caballo y en el largo regreso a casa encuentra a una chica a la cual cuesta mucho de conquistar en el corazón de él un lugar que supera a aquel que el caballo tenía seguro; tal como lo digo parece simple la historia, pero en la ejecución de la película de hecho ya no quedaba simple sino bastante profunda y tocando algunos problemas propios de la sociedad de este país.
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Hay observaciones que no tienen que ver directamente con el país que visitas, pero son impresiones que quedan en la cabeza y que de alguna forma forman parte de los recuerdos que te quedan del país visitado:
Los gansos que veía desde el cuarto donde vivía, y que eran tan inmóviles que creía que eran de cerámica, hasta que al fin notaba que uno movía el cuello - ¡pues sí eran vivos!
O la mujer que se podía observar en un hotel donde yo sólo entraba para tomar un café mientras los demás estaban desayunando: la mujer comía con unas ganas unas cantidades tan llamativamente grandes que daba gusto verla.
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Está toda la ciudad en fiebre de vísperas del 50 aniversario (1 de octubre) del día que Mao Tse Tung proclamó la República Popular de China en la plaza Tiananmen. Hay obras por todas las partes, han arrancado pavimentos de calles y han demolido filas completas de casas que no sé por qué ya no parecían encajar en la imagen de un país en vías de progreso. No tengo idea cómo se puede cerrar todas estas obras antes de la fecha señalizada.
Por lo demás, la ciudad se presenta bastante maja, en cuanto a comercios y a la apariencia de la gente. En su fisonomía es como cualquier otra ciudad de occidente: supermercados con verduras empacadas en plástico, grandes almacenes con todo lo que puede ocurrir a uno de buscar, restaurantes por todas las partes. La pobreza no se ve, no la veía yo, para ser más exacto.